ARCHIPIÉLAGO GULAG - Alexander Solzhenitsyn
Solzhenitsyn nos ofrece un retrato del sistema carcelario y de campos de trabajo de la Rusia comunista. Es la historia de los zeks (los sometidos a prisión y trabajo), la forma como los detienen, su sumario, la sentencia, la condena que se le impone y las experiencias de la confinación en el Gulag. Gulag son las siglas de Campos Penitenciarios y de Trabajo Rusos y sirve, en sentido metafórico, para titular el libro.
Con una prosa franca y directa, e irónica otras veces, el autor nos conduce al fondo del terror carcelario bolchevique y comunista. Donde un hombre podía ser arrestado por aquello que el mismo confesaría, bajo presión psicológica y tortura, en la instrucción sumarial posterior; y después condenado por ello mismo, es decir por lo que se condenaba a todos los presos políticos: actividad contrarrevolucionaria o empecinamiento (hacer daño o sabotear, en ruso).
El agente que detiene a ese hombre puede ser un ciclista con el que se topa ocasionalmente, el acomodador del cine, el lechero o el fontanero al que avisa por una avería: son comisarios que está ahí, acechando.
Solzhenitsyn nos habla de las riadas de hombres que son llevadas como en un torrente de agua por el alcantarillado del Gulag. Cada torrente tiene su momento y su lugar: primero se detuvo en masa a los burgueses, después a los intelectuales, todos ellos inservibles para el socialismo; después a los militares de la época zarista, más tarde a los kadetés (constitucionalistas); un poco más delante al grupo de ingenieros empecedores; a los judíos; en otro momento a los eseristas (comunistas no marxistas); a los prisioneros alemanes; a los prisioneros rusos repatriados; a los vueltos del extranjero y contaminados de capitalismo; también luego a los campesinos colectivizados; así también los no colectivizados, por empecedores; los maquinistas ferroviarios; etc. Las riadas fueron imparables todo el tiempo. (Un dato: se considera que ¼ de la población de Leningrado fue depurada entre 1.934 y 1.935, ¡en sólo 2 años!).
Sobre la instrucción sumarial Solzhenitsyn nos dice: “ nadie podía imaginar que en 20 años (después de la revolución)…se oprimiría el cráneo con un aro de hierro, se sumergiría a un hombre en un baño de ácidos, que se le metería por el conducto anal una baqueta de fusil recalentada con un infernillo ( ´el herrado secreto´), que se le aplastaría lentamente con la bota los genitales, o que como una variante más suave, se le atormentaría con una semana de insomnio y sed y se le apalizaría hasta dejarlo en carne viva,…” Al lado de este tipo de torturas las ordalías medievales eran juegos florales. Por otra parte, los ardides psicológicos para arrancar confesiones de culpabilidad o delaciones de terceros eran de un ingenio sutilísimo, que por sí solos merecen la lectura del libro.
El autor dedica otro capítulo a la organización de las prisiones; otro a la aparición de la “ley penal”, esto es, durante años se estuvo juzgando a la gente sin norma jurídica alguna; y otro más dedicado al sistema de tribunales de justicia: los populares, los de carácter revolucionario excepcional y la Checá, el órgano represivo, militado por el comisariado político, y encargado de la represión contrarrevolucionaria.
Hay otro apartado enteramente explicativo del transporte de presos –toda una institución terrorista- otra sesión para exponer el funcionamiento y sentido de las prisiones de tránsito y otra que se suma para darnos a conocer las caravanas de esclavos.
Es difícil calificar el género de la obra; puedo atreverme a nombrarla como una historia de vida, la propia del autor y la de otros cientos de afectados, sobrevivientes al Gulag o no, a través de sus relatos, de los que el autor cita nombre de los protagonistas, lugares y hechos.
Desde el primer capítulo asoma del libro la barbarie que es propia de sistemas políticos totalitarios, en los que las personas son dominados por el principio de totalidad: la madre revolución, en este caso, es el principio de la vida y de la moral; el ser humano es insignificante a su lado, y por ello lo elimina directamente, incluso sin tratarse de un enemigo ideológico o político.
Sorprende cómo millones de rusos asumieron someterse y morir ante un poder así; el propio autor, ya en prisión, era partidario del marxismo y del socialismo, y aceptaba la represión bajo el eufemismo de revolución, como tantos otros prisioneros. Da que pensar que el “archipiélago” tuviera su origen en la racionalidad, el cientificismo y la substitución del antiguo régimen por regímenes de libertades, las mismas ideas de hoy en día y que se ha probado que no sirven de vacuna.
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